La canción de los caminantes 

por Claudio Aguilera

Hay imágenes que se me quedan clavadas como astillas en la piel. Un pequeño descuido, un leve pinchazo, un roce accidental sobre la madera de la vida. Mientras algunas se desvanecen tarde o temprano, otras se aferran a mí y se hunden a cada momento un poco más. No las elijo. No las invito. No las busco. Pero porfiadas se instalan en los rincones de mi memoria y durante años se quedan ahí. Como ratones en una azotea rascan, van, vienen, hacen nidos, roen, chillan o se ocultan  esperando una oportunidad para salir. Algunas crecen y comienzan a exigir que les preste atención. Otras se van apagando hasta transformarse en un eco lejano. O eso quieren que crea.

Otras son sólidas y tienen rostros. Retazos de mi propia infancia; una brizna del cabello de mi hija; recuerdos de juegos con mis hermanos; la mirada opaca de un niño hambriento; el pequeño cuerpo de migrante tendido a orillas del mar; el miedo en los ojos de una niña mapuche; la pregunta sin respuesta de un grupo de refugiados.





︎

Muchas de ellas saltan desde las páginas de los periódicos, desde los parpadeos de los noticieros y el zumbido incesante de las redes sociales. Como queriendo escapar de su efímera vida se cuelan a través de mis ojos esperando quizá ser rescatadas del olvido al cual las condena nuestra sociedad de presente continuo.



︎



De esas imágenes a veces emergen voces. Primero son murmullos. Después se van uniendo a otras hasta transformarse en un coro que me susurra los hilvanes de una historia. Y pasa, en raras ocasiones, que sus voces tienen tanta fuerza que ya no puedo dejar de escucharlas. Entonces, escribo.

Así nació 9 kilómetros. Un grupo de imágenes rescatadas de la prensa que hablaban de niños y niñas, en distintas parte del mundo, obligados a caminar enormes distancias para llegar a sus escuelas. Al encontrarme con estos relatos me preguntaba cómo era posible que en pleno siglo XXI, en una época en la que la humanidad podía alcanzar estrellas distantes, pequeños tuvieran que andar varias horas en climas extremos para alcanzar uno de sus derechos elementales: la educación. Todo esto mientras hombres y mujeres poderosos sentados en sus cómodos escritorios les hablaban de igualdad, esfuerzo, deber y superación sin jamás haber sentido el agua colándose en los zapatos o el sol acribillando la espalda. Pero el tiempo pasaba y las noticias de casos similares seguían llegando desde todos los rincones del planeta.
Entonces recordé las largas caminatas que, más por gusto que por obligación, hacía cuando niño con mi hermano. También el ritmo que adquiere el cuerpo tras un largo rato de caminar y los pequeños descubrimientos, desvíos y sorpresas que alegran el sendero, aún cuando se ha recorrido una y otra vez. Y pensé en esa capacidad infinita de los niños de encontrar destellos de felicidad incluso en las experiencias más penosas. Fue en ese momento que desde las imágenes mudas y lejanas comenzó a escucharse un tamborileo, la música de unos pasos sobre un camino pedregoso. Y todas las voces de todos esos niños y niñas comenzaron a cantar una misma canción. La canción de los caminantes. La canción de los que no dejan de marchar. Los que llegan y los no pueden detenerse, los que no tienen donde detenerse, los que nunca llegan pese a sus esfuerzos, los que quedan tendidos a la orilla del camino. Y esa canción tuvo palabras. Palabras dichas para uno mismo que van al compás de cada paso y repiten una y otra vez: soy este camino, su principio, cada una de sus piedras y su final. Palabras para espantar la soledad y recordarnos que en algún lugar siempre hay alguien que espera nuestro regreso.

Este libro es esa canción.




Copyright Ediciones Ekaré sur